El Miedo: Domesticar una pulga

Existe un "famoso experimento" que si lo piensas detenidamente, podemos afirmar que es falso, pero la premisa es interesante, así que podemos sacar algún aprendizaje. El experimento consiste en colocar varias pulgas en un tarro de cristal. Dado que la naturaleza de estas es saltar alto, hasta 100 veces su peso, pueden llegar a los 20 centímetros, superando con creces el límite del tarro de tal experimento. Cuando le colocaban una tapadera y lo cerraban, las pulgas, manteniendo sus instintos innatos, comienzan a golpear la tapa con fuerza y ​​​​caen dentro del tarro. En consecuencia, comienzan a saltar un poco menos, hasta que ya no golpean la tapa. Unos días después, se quita la tapa y ¿adivinen qué? Como las pulgas aprendieron la altura máxima que pueden alcanzar, sin sufrir, nunca volvieron a saltar fuera del tarro, una vez quitada la tapa. El experimento continua, y lo que es aún más interesante es que los descendientes de estas pulgas imitaron este comportamiento para siempre, ya que este nuevo estándar de salto de altura se transmitirá en las siguientes generaciones. Básicamente, las pulgas se han condicionado a sí mismas para saltar más bajo y no golpear más la tapa del tarro donde estaban encerradas. Entonces, cuando tengan la oportunidad de saltar más alto nuevamente, ya no lo harán porque ya han programado sus cerebros para que no sea posible. Alguno pensará, bueno, somos personas inteligentes, no somos insectos. Pues, déjame decirte que nosotros, los humanos, tenemos una ventaja insuperable sobre todas las demás especies del reino animal que es nuestra capacidad de actuar y pensar racionalmente, pero que también la convierte en nuestra gran desventaja.
El hecho de que seamos animales de razonamiento, con nuestros pensamientos, ideas, capacidad de análisis, acumulación de recuerdos y experiencias, hace que tengamos mapas mentales y asociación de ideas todo el tiempo. Entonces, lo que vemos a nuestro alrededor, las personas con las que nos comunicamos y con las que nos relacionamos, y lo que nos dicen y enseñan, generalmente se convierte en nuestra realidad. La realidad. Básicamente, el entorno en el que crecemos y también vivimos dicta quiénes somos y cómo pensamos. Ahora, cojamos a un niño, y en cuanto podamos le soltamos con fuerza frases como: "no puedes", "no lo intentes", "siempre te portas mal", "así no llegarás a ningún sitio", "deja de hacer lo que quieras", etc. Todos estas expresiones equivalen a los golpes que se daban las pulgas contra la tapadera. Para los niños son golpes en su cerebro, en su afán por explorar, por querer hacer cosas, ser rebeldes o diferentes. Con el tiempo conseguirán que el niño no se atreva a tomar la iniciativa o resolver algún problema, a explorar en su vida o a ser él mismo a su manera. El miedo a tanto golpe, que cree le está esperando, le hará quedar inhibido, aplastado, bloqueado, frenado en sus intentos y con rabia contenida. Sencillamente quedará domesticado, impidiéndole el miedo a ser creativo, resolutivo, tomar iniciativas en todos los sentidos de su vida. Lo siento, tengo que decirlo, pero veo mucha gente circulando por la calle con la "cabeza" aplastada por los golpes que sufrió su autoestima, aunque en su aspecto exterior parezcan muy normales. Su "cabeza" aplastada de tantos mazazos recibidos y su capacidad de decisión disminuida. Y es que cuando alguien se cree a pies juntillas que no vale o no puede, podemos afirmar que tiene la autoestima por los suelos. Empiezo a ver en los parques a padres, que presuponemos que quieren lo mejor para sus hijos, ser destructivos con ellos. No se entiende que sean tan destructivos si no es desde la perspectiva de que lo que hagan sus hijos les molesta por distintas razones. Confundimos educar con desahogarnos.
Este pequeño experimento realmente me hizo pensar en nuestras creencias condicionadas. Empecé a preguntarme si de alguna manera estaba viviendo como una pulga. No quiero transmitir a mi hijo, creencias y realidades propias erróneas. ¿Qué límites pasados me fijó y sigo viviendo? ¿Qué sistemas de creencias creen en situaciones pasadas bajo las cuales todavía estoy operando? ¿Qué creencias limitantes me han sido transmitidas, de las que tal vez ni siquiera me doy cuenta, de las que estoy viviendo inconscientemente? Nosotros, como humanos, somos igualmente capaces de limitarnos. Piensa en las cosas que crees que no puedes hacer porque alguien te ha dicho que no puedes. ¿Hacer una tarta? Cómprala. Como niños pequeños, creemos que somos capaces de cualquier cosa, pero generalmente comenzamos a limitarnos. Mi hijo, que actualmente piensa en dragones y brujas, no sabe que se puedan escalar montañas o pilotar naves espaciales. Un día, quizás quiera de mayor pilotar una o escalar el Everest. ¿Cuándo dejará de creer que es posible convertirse en astronauta? Espero que nunca, pero espero, pronto. No porque haga algo para limitar su ambición, sino porque, en el mundo en el que vivimos, hay tantas influencias que cierran la tapa de cristal y nos dicen "eso no es posible" o "no puedes hacer eso".
Hace 68 años que Roger Bannister demostró lo que puede suceder cuando desafiamos a la opinión popular y a las creencias impuestas. Durante décadas se creyó que correr una milla en menos de cuatro minutos estaba más allá de la capacidad humana, pero el 6 de mayo de 1954 Bannister hizo exactamente eso. Para lograr esta gran hazaña tuvo que correr a una velocidad de 15 millas por hora, cubriendo cada una de las dieciséis distancias de 100 metros en 14.91 segundos, demostrando una increíble resistencia nunca antes vista. Y lo que sucedió después fue realmente fascinante, porque su gran competidor, el australiano John Landy, batió el tiempo de Bannister 54 días después. Era casi como si Bannister fuera una de las pulgas en el tarro de cristal que se volvió hacia una pulga a su lado y dijo: ¿Qué tapa? Desde Bannister, el tiempo récord de la milla se ha reducido a 3 minutos y 43 segundos. Bannister había demostrado lo que era posible, otros lo siguieron. Muchas personas han estudiado este fenómeno cuestionando si hubo alguna evolución en la genética humana que explicara esta nueva habilidad. La respuesta fue clara, no. Fue el resultado de un cambio de mentalidad.
Por supuesto, la mejor arma para combatir esas limitaciones invisibles somos nosotros mismos. Pero la verdad es que a menudo nos imponemos nuestras propias limitaciones. A medida que crecemos, aprendemos a proteger nuestros frágiles egos de la vergüenza y el dolor del fracaso al dejar de intentarlo. Creamos pequeñas prisiones invisibles para nosotros dentro de las cuales operamos sin siquiera darnos cuenta. No vamos a levantar las manos en clase porque... bueno... eso no es algo que hacemos. No seré voluntario para esa organización que recauda dinero para esa buena causa porque... bueno... nunca he hecho nada como eso antes. ¿Debo tomar un instrumento de música? ¿Ofrecerme para la obra de teatro del colegio? Simplemente no soy yo. ¿Debería obtener un sobresaliente en Historia? Mi calificación actual es solo un aprobado... será muy difícil. ¿Hacer deporte? Nunca hice, no se me da bien. Intenta decirle eso a Roger Bannister. Celebremos el riesgo de nuestros hijos y los pasos adelantes que nosotros no dimos. No seré yo quien permita que un niño sea una de esas pulgas del experimento. Perdona hijo, por todas las caidas y palos que he podido evitarte y no lo hice. Recuerda Hugo, tu frasco no tiene tapa. Salta tan alto como puedas.

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